Víctima de la experimentación

conejo

Huele a desinfectante, a medicinas, a sangre. Y más sutilmente, de un modo que solo algunos pueden captar, también huele a miedo y a tristeza.
Las jaulas son metálicas y frías, el suelo resbala y resulta incómodo bajo pies que fueron hechos para pisar tierra y hierba.

Son vidas despreciadas, paradójicamente, para proteger a otras. Individuos sin valor, sin nombre, clasificados numéricamente, nacidos para ser utilizados durante unos meses y sacrificados más tarde, para comenzar el mismo proceso con otro. Decenas de cuerpos arrojados al contenedor después de ser inyectados, inoculados, abiertos, cosidos.

En un lugar así nació esta pequeña nueva amiga, para formar parte de un proyecto universitario, y con sólo seis meses, una vez cumplida su función en el laboratorio, su existencia ya no tenía razón de ser. Pero ella recibió otra oportunidad, y ahora comienza realmente su vida, sin dolor, ni miedo, ni manos enguantadas que la agarren para lastimarla.

Es una alegría verle, al fin, ser un conejo haciendo las cosas propias de su especie. Pero una sombra entristece nuestra sonrisa, al pensar en el destino incierto de todos sus compañeros de laboratorio.

Hoy día existen alternativas a la experimentación. No es ético dañar a unos para cuidar de otros.
Porque el fin, nunca justifica los medios.

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