Sara: voluntaria del mes de Diciembre

lazaritoysara

Siempre me había considerado una amante de los animales. Muchos buenos recuerdos de mi infancia son relacionados con ellos: con una hembra de pájaro que mi padre se trajo un día del garaje y se quedó a vivir con nosotros, convirtiéndose en la reina de la casa; con la pandilla de perros que me esperaban cada año en mis vacaciones en el pueblo de mi padre; con los gatos que rondaban siempre la casa de mi abuela…

Hace dos años que, a través de facebook, supe que existía un lugar distinto a todos los que había visto o imaginado, un lugar donde se daba la oportunidad de vivir y ser felices a animales a los que nuestra sociedad normalmente ignora.

La primera vez que pisé el santuario, me impactó la paz que allí se respiraba. Me llamó la atención ver cómo los cables de alta tensión que lo atravesaban por el aire estaban llenos de palomas, pero sólo dentro del perímetro del santuario: sabían que era su hogar.

Nunca jamás había entrado en un sitio en el que hubiesen venido corriendo a saludarme un grupo de perros meneando el rabo. Y varios cerdos. Y una vaca. Hay que reconocer que es de esas cosas que impactan…

Con el tiempo, esa ha sido una de las imágenes que más me ha ayudado a comprender que somos nosotros, los humanos, quienes marcamos las diferencias entre las especies. Nosotros decimos quiénes son animales de compañía, quiénes de granja, quienes merecen nuestro amor y a quienes tratamos como si hubiesen nacido para ser nuestros esclavos.

Jamás pensé que pasearía con ocas (aunque, siendo sincera, paseaba con miedito, que a mi la “mafia” me sigue pareciendo la “mafia”…), o que rascaría la barbilla de una oveja como lo hago con la de un gato o que sería el apoyo perfecto para que una cabra consiga alcanzar unas deliciosas hojas en un árbol. Nunca imaginé que los cerdos podían ser tan cariñosos, las vacas tan amistosas, ni las gallinas tan cercanas.

Ningún sitio en el que he estado tan poco tiempo me ha cambiado, ni me ha hecho reflexionar o emocionarme más. Jamás pensé que lloraría con la historia de un carnero, y aquí me tenéis: incapaz de hablar de Félix sin que se me salte alguna lágrima.

Por circunstancias nunca he podido pasar en el santuario tanto tiempo como quisiera, aunque eso me ha permitido ser voluntaria de otro modo, en el departamento de comunicación. Gracias a esto, he podido conocer a la gente increíblemente comprometida, sensible y luchadora que hay dentro del equipo de El Hogar Animal Sanctuary.
Y he podido comprobar que ser voluntaria es dar algo, pero recibir mucho: nunca he aprendido más en menos tiempo, ni me he sentido más valorada.

Hoy soy mucho más consciente de que somos la especie más dañina del planeta, pero también de que somos los únicos que podemos cambiar este daño que infringimos a tantos millones de seres inocentes, a nosotros mismos, a este planeta que es nuestra casa.

Conocer El Hogar Animal Sanctuary ha sido una de las cosas más importantes que me han pasado en la vida, porque ahora soy consciente de que amar a los animales significa mucho más: si amas a alguien no quieres que nada le haga daño. Los santuarios de animales son las herramientas perfectas para cambiar la forma en que los humanos nos relacionamos con el resto de habitantes del planeta. Gracias a ellos, he aprendido (estoy aprendiendo) muchas cosas buenas sobre los animales.

También he aprendido que la única forma de cambiar las cosas malas es dejando de mirar para otro lado. Y no se me ocurre mejor manera de poner mi granito de arena que siendo voluntaria en un santuario de animales.

 

Si tu también quieres ser voluntaria escríbenos: [email protected]

 

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