La soledad de Clara

Todavía recuerdo el primer día que las vimos: dos hermanas jugando juntas, ajenas al peligro que todavía no habían conocido.
Sus mirada irradiaban felicidad y, espontáneas, brincaban y corrían para detenerse, girarse y reencontrarse la una con la otra. Dulce era más pequeña y siempre quedaba atrás.
Pero Clara se detenía en seco y al escuchar el mugido de la pequeña, se giraba y la esperaba. Hablaban en su lenguaje secreto y se tumbaban juntas al sol…Clara no ha vuelto a tener ese brillo en la mirada, el hombre que raptó a su hermana para llevarla al matadero, se la robó.
Cada día lo intenta con menos ilusión, ya dejó de correr y brincar, hace algunos meses dejó de mirar atrás… Dulce no volverá.
Ya nadie la sigue, ni le hablan en el idioma secreto de las vacas, y sólo de vez en cuando juega a los topetazos con un carnero o nos espía en el porche para entretener su curiosidad.
Vive rodeada de animales humanos y de otras especies, pero nadie se atreve a brincar con ella, ninguno sabemos mugir.
Sus cuernos crecen y su mirada de adolescente se desvanece.
Clara se hace mayor y nuestra pena se hace grande con ella, no es justo que una bebé tenga que crecer sin hablar y sin jugar con amigos de su especie.A veces me pregunto, si esa lágrima permanente que los veterinarios no saben cómo diagnosticar, es el recuerdo imborrable de su hermanita pequeña o es un fluido normal, y la pena la que llevamos nosotros por dentro, por no haberla podido salvar como a ella.
 clarota

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

//]]>