La más pequeña de todas

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Pongamos que hablo de Rosi.

Nació hace unos días al abrigo de su madre, en el interior de la tierra húmeda que la protegía del calor con el que se inició el verano.

Mamaba con la voracidad con que lo hacen todos los bebés, como si cada una fuera la última toma y no le fuera a quedar más leche con qué alimentarse.

Era juguetona y curiosa.

Su madre la advertía del peligro llamándola, enseñándole a reconocer los sonidos.

Un día se despistó. Pudo ser el calor, el ruido aquel tan fuerte que la asustó, el olor intenso que notó al dar la vuelta sobre unas raíces que husmeaba o simplemente que alguien, otro ser como ella, buscaba también qué comer o con qué jugar. El caso es que llegó la noche había perdido a una de sus crías.

Rosi se vio sola y desamparada. Por más que llamaba, no acudían en su socorro.

Se despertó asustada con la luz del día.

La pequeña es una bebé. Tan vulnerable y tierna como cualquier cría de animal a su edad. Un ejemplar único de una vida que empieza y busca la supervivencia con el instinto con que todos nacemos, preservar la vida. Un ser adorable, aún más porque está herido y nos conmueve.

Pongamos que hablo de una rata.
Rosi crecerá y se convertirá en un adulto de pelo encrespado, fuerte, color tierra, con dientes grandes con los cuales defenderse, con largas uñas para construir su casa y su refugio en las huídas.
Uno de esos animales que rechazamos por su aspecto físico, por su color, porque está entre la basura que tiramos irresponsablemente al campo, porque vive bajo tierra.

¿Nos resultará tan atractiva? ¿O reuniremos en torno a ella todos los tópicos de nuestra cultura que nos hacen rechazar a los que son de especies que no nos gustan, que se multiplican con rapidez, que comen lo que nosotros desechamos, o no tienen el color preferido?

Personalizar con un nombre propio a uno de nuestros hermanos del planeta, conocerle, tratarle, cuidarle si nos necesita, relacionarnos con él en una doble dirección de cariño y respeto hace que desandemos lo andado, que veamos a cada ser en su única, personal e intransferible circunstancia vital, que podamos empatizar con él sea del género, origen, especie o madre que sea, simplemente y, a la vez, grandiosamente, porque es un ser con vida y merece que se la respetemos.

Pongamos que hablo de Rosi,

y te olvidaste que te enseñaron a repudiar a sus iguales y aprendes a respetar la importancia que para ella tiene su vida.

O, mejor

Pongámosle un nombre entre todos. Hagamos un ejercicio simbólico de rechazo a la cultura que discrimina entre las especies y empecemos el camino del respeto que comienza por tener un nombre singular y propio que represente su individualidad y el amor con el que estamos dispuestos a relacionarnos.

¿Qué nombre te gusta para ella? Pon tu propuesta y entre todos votamos y elegimos el que más haya gustado.

 

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