La gallina de mi corazón

mire
Mireia fue su nombre.

Rescatada de una granja de explotación ecológica cuando con 14 meses su cuerpecito agotado iba a ser asesinado, junto a otras 99 compañeras.

Vivió con nosotras en El Hogar más de 4 años.

Sufrió una grave enfermedad hace unos meses: un día la encontramos en su parque con grandes temblores y vómitos. Apenas se tenía en pie y entre espasmos se le iba la vida. Su hígado había dejado de funcionar correctamente y esto afectaba a todo su cuerpo, a sus funciones cerebrales también.

Contra todo pronóstico, gracias a su fuerza de voluntad y a un fuerte tratamiento, superó el fallo hepático y esquivó la muerte, pero esa enfermedad la dejó casi en estado de coma: no sabía comer, ni andar, no sabía protegerse del sol y no podía resguardarse de la lluvia. Sus ojos miraban al infinito y no se fijaban en nada. Dependía totalmente de nosotras: la alimentamos sondándola, la estimulábamos para que volviese a picotear la tierra, la hacíamos caminar para que aprendiera de nuevo cómo se hace, al igual que hacen en los hospitales cuando los humanos sufren un ictus u otros daños cerebrales.

Mireia siempre había sido un poco huidiza, pero, a raíz de sus problemas de salud, pasamos mucho tiempo juntas y nos hicimos amigas. Grandes amigas. 

Su enfermedad y su estado nos llegaron muy hondo y todas las voluntarias nos volcamos en su recuperación, con todo nuestro cariño. Y tuvimos nuestra recompensa: pronto volvió a comer solita, a caminar, a saltar…. a vivir feliz como una gallina rescatada de su temprano y horrible final.

Pasamos tantos momentos dulces y emocionantes juntas, que al final Mireia aprendió su nombre y reconocía mi voz cuando la llamaba y, aunque apenas le quedaba visión, siempre acudía corriendo a mi encuentro.

Ella, que tan esquiva había sido, nos regalaba ahora su compañía con una dulzura que me sobrecogía. Qué increíbles eran para mí esos momentos, cuando la tomaba en brazos y la besaba y acariciaba, cuando podía sentirla tan cerca, su olor, su voz, darle mi amor y percibir el suyo… Esos son los momentos más mágicos de la vida en un santuario, los que te hacen sentir que alguien que has rescatado se ha liberado totalmente de sus cadenas, de sus miedos y su pasado y por fin es totalmente libre. Son los momentos que dan sentido a nuestras vidas.

Hoy Mireia ya no está con nosotros. Ironías del destino: no fue esa dura enfermedad la que apagó su cuerpo. Fueron los huevos, de nuevo los malditos huevos. Su útero tenía un tumor que en tres días mató a mi pequeña amiga.
Llegó a conocer sus tierras, pero no a disfrutarlas como yo tenía planeado para ella.

Me queda el consuelo de los mil besos que se llevó con ella y nuestro eterno amor, porque fueron muchas las voluntarias que sucumbieron ante sus cariñosos gorjeos.

Una vida más que se va antes de tiempo. Hay cosas que no podemos cambiar pero que no olvidaremos jamás.

Adiós mi dulce Mireia

1 Comment

  1. he leido gallinas de ecológicas por las que pagas un pastor por sus huevos ..que las matan yo pensaba que no…

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