Sia llegó al santuario junto con Woody el 16 de marzo de 2019.

De todos los perros encerrados y  desesperados,  ella llamó nuestra atención por la tristeza de su mirada, la cabeza ladeada, el dolor que seguramente siente en la cadera.

Fue, como lo es siempre, una dura decisión: de entre todos los necesitados de un hogar, tan faltos de cariño, adoptar solo a una. Pero los recursos son los que son, y mejor ser pocos -y poder medicarlos y tratarles el dolor- que traer más y no poder llevarlos ni al veterinario por exceso de trabajo y falta de dinero.

El verano pasado el corazón de Sia debió de romperse ante el abandono de la persona que la cuidaba. Él la dejó en una jaula porque era vieja, ese es el motivo que argumentó. Imaginaros, con semejante falta de sensibilidad, qué tipo de persona debe de ser y el trato que le habrá dado a la pobre Sia.

Pero todas esas experiencias tristes quedaron atrás desde que las manos de las activistas de El Hogar la acariciaran por primera vez.

En solo un día el cambio en la expresión de su cara es alucinante: la abuelita Sia recobró la esperanza, la ilusión, las ganas de vivir.
Nos sorprendió, ante la necesidad de formar parte de una familia, cómo se comportó desde que entró en el santuario: ojos abiertos como platos, boca abierta de expectación, lloros casi en silencio de emoción. Olerlo todo, recorrerlo todo, mirarlo todo… Es buenísima con perros, gatos, gallinas, humanos. Ella solo quiere entrar en casa y formar parte de este nuevo escenario de color.

Un mundo nuevo empieza para Sia, un lugar lleno de risas, caricias, besos y paseos. Amigas perras, compañeras gallinas, gente dulce dándole comidita casera, camitas mullidas para descansar las caderas; Sia, viejita, ¡bienvenida a la vida!🌞