Madrina: Ana

Bubango vivía en una masía, frente al santuario, en la que habían dejado abandonados a los gatos y les disparaban.

Desde que llegamos a estas tierras, Bubango se acercaba al santuario, aparecía y desaparecía, lo veíamos un tiempo, no lo veíamos durante meses… Bubango era poco sociable, había aprendido a tener miedo.

Bubango hablaba mucho: sabíamos que venía «el gato negro» porque hablaba mucho. Los perros lo echaban, los gatos también; pero, poco a poco, con su carácter valiente, se fue ganando a todos, se fue integrando en la familia, los gatos lo aceptaban y Bubango empezó a dormir en las camas. Así es que decidimos atraparle, hacerle el protocolo sanitario y esterilizarlo; para que Bubango viviese en libertad, si era su elección, pero que estuviese controlado sanitariamente. En la revisión descubrimos que Bubango tenía anemia, el hematocrito muy bajo, leucemia e insuficiencia renal.

Bubango pelea por salir adelante y vivir en su hogar. El que él eligió el día en que entró por primera vez al santuario sin conocernos, pero con la esperanza de recibir amor y atenciones.