Félix, luchando por vivir

Los animales necesitamos tener un hogar, un lugar seguro donde poder descansar sin miedo, donde nadie pueda dañarnos, donde nuestra familia pueda dormir a salvo a nuestro lado y disfrutar de esas relaciones emocionales y de esas experiencias maravillosas que los seres más queridos nos dan con su proximidad.

Algunos animales, sin embargo, no gozan de los derechos básicos y fundamentales, como el derecho a la vida o el derecho a no ser maltratado. Nunca conocerán lo que es dormir y descansar sin temor a que un depredador les ronde, a que unas fauces sangrientas se ensañen con su cuerpo o los golpes de un granjero les desgarren la carne y el alma. Porque si eres un animal, en la sociedad de los humanos no tienes derecho a la paz, no puedes escapar.

Carneros, vacas, cabras y todas aquellas otras especies que han sido criadas para el uso que los humanos les han otorgado, no tendrán nunca descanso. Desde su nacimiento, estos animales vivirán siendo maltratados y vejados en insalubres  granjas de explotación o hacinados en cuadras pestilentes privados de libertad y sin cuidados sanitarios.

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Félix es un carnero que hoy se debate entre la vida y la muerte. Nació para producir más animales. Se le impuso la tarea de fecundar hembras y enriquecer así al opresor que ostentaba su propiedad. Su vida era ir de finca en finca conociendo ovejas con las que establecía vínculos de amistad y empatía y de las que luego era obligado a separarse destrozando su corazón una y otra vez.

Podemos imaginar la angustia constante de ver aparecer cada día a ese hombre de rostro familiar, gritando palo en mano y recibiéndole con golpes porque agredirle y asustarle es su forma de guiarle. No le llama por su nombre, los animales no humanos no suelen tener nombre. Para no empatizar con ellos es más fácil cosificarles y enumerarles como si se trataran de objetos o productos.

Golpes en el costado, golpes entre cuerno y cuerno haciendo sangrar su frente si por un instante duda el carnero del camino que ha de tomar. Si se detiene o se equivoca de dirección, puede creer que el  animal se ha rebelado y, entonces, le apalea con más saña.

Una vida llena de días de incertidumbre y dolor. Viajes en camión asustado hacia otro centro de producción: sitios nuevos, a veces terribles, a veces tristes, a veces de locura… Y siempre dejando atrás a esas que fueron queridas, ya siempre lejos sin poder amarlas y defenderlas como él quisiera.

En este último viaje, hace ya una semana, Félix fue a parar a una finca con dos ovejas.

Allí lo encerraron con las hembras en un chamizo oscuro y frío. Alrededor, tres perros enfurecidos oliendo al que entendieron por intruso y, después de tres días de enloquecido acoso, a mordiscos rompieron la puerta de madera que les separaba.

Nadie pudo huir.

A las 8:00 h de la mañana, los perros mordían feroces a una de las ovejas, una oveja a la que ya habían atacado 4 meses antes dejándola coja, desgarrándole la misma pata que ahora volvían a desgarrar.

Félix, el carnero, en su afán de protegerlas, se puso delante, pero no bastaron su cornamenta y su determinación, pues tres eran muchos para él. Lo derribaron y cada uno de un lado rasgaron rabo, patas, costado y terminaron en el cuello, donde los bocados le dejaron sin respiración.

Alguien oyó los ruidos de la masacre en el silencio de la madrugada, varias personas saltaron la valla y se encontraron con el sangriento escenario.

Pudieron rescatar a Félix, que ahora se debate entre la vida y la muerte en el hospital veterinario. Lucha por su vida, pero ya no lucha sólo porque nosotros estamos a su lado.

Para él la agonía casi ha terminado, pero el infierno de sus compañeras no cesa. Como tampoco cesa el infierno de tantos animales, machos y  hembras, adultos y bebés, millones de individuos de distintas especies considerados animales de producción.

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Las hembras, las ovejas aterrorizadas, heridas y traumatizadas, siguen en aquel lugar de terror, oyendo ladrar alrededor, sabiendo que alguna noche, cuando se vaya el granjero, los perros encontrarán, tarde o temprano, el agujero por donde entrar.

Y ellas, como todas las ovejas, serán devoradas sin gritar ni emitir sonido alguno que los humanos podamos escuchar. Tendrán el dolor más fuerte imaginable cuando los tendones y la carne se desprendan de su cuerpo entre los dientes de los perros. Su miedo y la certeza de que van a morir se reflejará en esos ojos tan bellos, pero no habrá ningún humano que pueda reconocerlo. Morirán solas, la una con la otra, las esclavas. Encerradas.

Para los animales no humanos no hay un sitio de paz, no hay seguridad ni en el campo, ni encerrados en establos. La única salvación posible para ellos es que los humanos recapacitemos, dejemos de tratarles como objetos y decidamos dejar de explotarlos.

La forma de evitar el dolor y la muerte de millones de animales esta en nuestra mano: no colaborar con la explotación, hacernos veganos.

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