“El Zulo”

Patricia y sus compañeros de clase se han dejado conquistar por los habitantes de El Hogar. Esta es la bonita historia de como decidieron poner un santuario en su vida.
¡Gracias por ser así!

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No sé muy bien cómo comenzar este artículo, pues es difícil hablar en nombre de muchas personas… Pero creo que la mejor manera sería dando una explicación del título: qué es el zulo, se preguntará el lector al otro lado de la pantalla. El Zulo es el nombre con el que cariñosamente nos hemos bautizado a nosotros mismos el primer curso de Producción de Televisión y Espectáculos (de por las mañanas) del I.E.S. Carlos Rodríguez María de Valcárcel. ¿Por qué? Porque somos unos treinta alumnos estudiando en una clase de cinco metros de largo por tres de ancho… Pero esto no nos supone un gran problema, pues nos encanta estar juntos.

Lo de esta clase podría llamarse algo así como “amor a primera vista”. Desde el primer día, el ambiente que teníamos entre compañeros estaba cargado de confianza, apoyo, comprensión, cariño y muchas ganas de divertirnos y aprender juntos. Es probablemente esto, el que seamos una gran familia, lo que nos llevó a querer apadrinar entre todos y todas a la preciosa Lucille. Cuando algo nos gusta, lo compartimos con nuestros compañeros. Yo os conocí, me encantasteis y no me quedó más remedio que contarles a todos que había una manera de ayudar y colaborar en este proyecto tan maravilloso.

Creo que podría decirse que yo soy la culpable de todo esto… Estaba sentada en mi habitación, con las lágrimas resbalando por mis mejillas mientras leía la historia de la perrita que inspiró el Santuario, cuando pensaba en cómo podría ayudar. Obviamente, lo más fácil era hacerme socia y ayudar con trabajos voluntarios tanto como mi tiempo me lo permitiera. Sin embargo, cinco euros al mes para más de trescientos habitantes… Me parecía que se podía hacer algo un poco mejor. Seguí indagando en vuestra web, y mi mirada se cruzó con la de Víctor. No sé cómo explicar lo que sentí, pero fue como si mi vista hubiera alcanzado más allá de sus pupilas. Pude sentir las desgracias que había atravesado a través de su mirada triste, y también cuánto había cambiado su vida desde que le rescatasteis.

Mi cerebro se puso en marcha. Al día siguiente, les comenté a mis compañeras del Palco (como llamamos cariñosamente a las chicas que nos sentamos en la última [y claustrofóbica] fila de clase). Cuando vieron a Víctor, de ninguna manera me permitieron proponer a toda la clase un apadrinamiento en colectivo. ¡El Palco había decidido amadrinar a Víctor! Aún así, echamos cuentas, y por un poquitín más podríamos apadrinar a otro habitante entre todos. Mi compañera Sandra y yo nos pusimos manos a la obra hasta encontrar al afortunado o afortunada…

Lucille nos cautivó. Leímos su historia, la comentamos con las demás chicas (una de ellas las había visto por la televisión) y todas coincidimos en que El Zulo tenía que apadrinar a Lucille. Cuando salimos delante de toda la clase y lo comentamos, la reacción fue maravillosa. A la gente le pareció algo muy curioso, y la ilusión de ayudar a esta pobrecita vaca que había escapado de las fauces de este sistema alimenticio que sólo causa muerte y sufrimiento, se apoderó de toda la clase. Se sucedieron las bromas de cuántos filetes saldrían de nuestra querida amiga… Y ya en tono serio, pero absolutamente exaltado por la emoción, la pregunta de dónde os encontrabais y de cuándo podríamos visitar a nuestra nueva amiga.

No teníamos respuestas a las preguntas, pues hubo un problema con la respuesta al correo que os envié. Prometimos preguntaros todo ese mismo domingo, cuando visitaríamos vuestro mercadillo benéfico. Así fue. Una de vuestras compañeras que se encontraba a la entrada, nos explicó absolutamente todo, y nos convenció, aún más si cabe, de ayudaros. Ese día, cerramos el trato con unas sabrosas cookies veganas y comenzamos a explicar todo lo que teníamos que hacer y a recaudar fondos.

Más tarde, recibí vuestros mensajes de cuánto os había gustado la idea de un apadrinamiento colectivo, y aquí estoy tratando de explicaros cómo surgió.

Me preguntasteis que si los compañeros somos vegetarianos, veganos… Tristemente, he de decir que no. Que Sandra y yo somos las únicas con este tipo de inclinaciones, y tampoco podemos clasificarnos en ninguno de los dos grupos. Yo evito comer animales siempre que puedo, y el pacto al que he llegado con mi madre es que los comeré un máximo de una vez al día… Pero siempre que salgo a comer fuera, respeto una dieta vegetariana. Lo cierto es que para gente como nosotros, sin trabajo y sin casa propia, es difícil exigir a la familia que asuma los requisitos de este tipo de dietas, pero la mía intenta comprenderme y ayudarme tanto como puede.

Por último, me gustaría hablar un poco de cómo se abrió paso el tema de el sufrimiento animal en mi vida.

En los últimos meses, los animales se han convertido en el centro de mi vida. No hago nada sin pensar en ellos. Todo lo observo con ojo crítico desde esta postura, para intentar no contribuir en nada que los perjudique. Pero todo esto se debe a un hecho que me hizo plantearme el mundo en el que vivimos. El detonante son las palizas diarias que recibe un joven labrador que vive en el portal de al lado. Su dueño le pega y grita durante horas todos los días. ¿Por qué? Porque el animal hace sus necesidades donde puede, porque este señor (por llamarle de algún modo), no le pasea.

Me moví. Llamé a la policía, al refugio… Éstos últimos me dijeron que si no tenía pruebas de nada, era su palabra contra la mía y que en España es muy difícil quitarle un animal a su dueño. Me dijeron que le propusiera darle en adopción. Así lo hice, más o menos.

Unos días después de llamar, me enteré por un amigo de la familia de que el susodicho iba diciendo que quería regalar al perrito porque se marchaba a trabajar al extranjero. Se lo comenté a mis amigos, y juntos fuimos a casa del vecino, a preguntarle si regalaba un perro, con la intención de llevarle al refugio. Nos dijo que no, que nos habíamos equivocado de casa… Ese perro ha seguido recibiendo palizas durante meses y meses, y hace semanas que ni siquiera le oigo llorar. Que ni siquiera sé si sigue en esa casa… Si sigue en este mundo. Un perro de cuatro años, que parece tener 20. Que tiene el cuerpo lleno de heridas, de calvitas, que tiene el cuerpo deformado, que anda con cojera… Que ha tenido la mala suerte de toparse con un monstruo.

Entonces me di cuenta de lo solos que están los animales no humanos en este mundo, y de cuantísima es la ayuda que necesitan. Entonces supe cuál sería mi objetivo en la vida.

Y entonces os encontré.

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