Dodi no tiene quién le escriba

“Perdido patito amarillo-gris en una calle de la ciudad.

Si alguien lo encuentra, por favor, háganle caso, no pasen de largo, atiéndanlo, denle refugio, ocúpense de ponerlo a salvo y llamen a una asociación que lo recoja y le dé casa si es que usted no puede hacerlo”.

En un mundo justo que no considerase que los demás animales del planeta están para servicio de los humanos, para ser su comida, su diversión o su ropa, Dodi no se habría quedado solo en la calle.

Las personas que lo abandonaron a su suerte nunca lo habrían hecho.

Si se  hubiera perdido, habrían escrito un mensaje como éste, lo habrían impreso y colocado por todas partes, preocupados y angustiados por si le pasaba algo.

Dodi fue echado a la calle, sin más.

Pudo ser un capricho de domingo, un premio, el juguete de un niño. Cuando se cansaron, se deshicieron de él.

Lo dejaron solo en mitad de la noche, de la ciudad, de los peligros. Solo e indefenso, hambriento y sin calor. Por primera vez  en su vida sintió cómo era el miedo.

Los animales no son de plástico, no van a pilas, ni tienen sellada la boca. Comen, duermen, juegan y tienen necesidades físicas y emocionales, son seres que sienten.

Son vida, son palpitación de corazón, son sangre recorriendo un camino de ida y vuelta, son un cerebro que procesa los estímulos y los convierte en acciones, son seres con intereses comúnes a los animales humanos y otros propios que hay que respetar igualmente.

Cuando se lleva un animal a casa hay que tener en cuenta toda la responsabilidad que supone hacerse cargo de una vida desprotegida por haberse sacado de su entorno natural geográfico y familiar. El animal se acostumbra a nuestros olores, nuestras voces, nuestros mimos, la forma en que nos comunicamos con él, el calor de nuestros cuerpos y los muebles de la casa. Abandonarlo supone un sufrimiento tremendo para quien se ve absolutamente indefenso y aterrorizado porque no sabe interpretar las señales sensitivas de la calle, no puede identificar los peligros.

Dodi tuvo suerte. Piando en mitad de la calle, encontró a alguien con corazón que se apiadó de su desamparo, de su soledad de intruso en la gran ciudad. Alguien que lo recogió y lo llevó donde estuviera a salvo: en El Hogar de Luci.

Allí Dodi ha encontrado más que un refugio. Ha encontrado amigos de otras especies, es inseparable de Libre, el pollo broiler que se recupera en silla de ruedas, ha encontrado calor, diversión, comida y juegos. Ha encontrado su casa, su mamá humana que lo abraza y lo besa para que sienta el cariño y se le pase el miedo a estar solo. Su nueva vida junto a personas que lo aprecian por lo que es, no por lo que les puede dar.

Dodi es un ser vivo curioso y lleno de instintos por explorar y a los que dar rienda suelta. Merece la vida que la naturaleza le dio y merece vivirla con plenitud.

Animales humanos y no humanos vivirán a su lado en El Hogar de Luci. Siempre tendrá quien, si se pierde, le escriba:

“Amigo, no podemos estar sin ti. Te necesitamos”

dody

Conoce más sobre nuestro nuevo proyecto: https://issuu.com/elhogardeluci/docs/proyecto_nuevo_hogar_2013

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