Carneros reproductores: padres sin hijos, hijos sin padres

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En todos los centros de explotación los animales son mercancía que se compra, se vende y se produce. Obligados a reproducirse contra su voluntad para traer al mundo hijos que les serán arrebatados, hijos asesinados al poco de nacer o tras un tiempo de esclavitud al servicio de la industria, hijos convertidos en materia prima de la que extraer productos para consumo humano.

El negocio demanda la producción incesante de nuevas vidas para alimentar su monstruosa maquinaria de muerte y opresión.

En el caso concreto de las explotaciones ovinas, un pequeño porcentaje de los corderos nacidos son destinados a servir como “machos reproductores”. Estos animales son seleccionados en función de ciertos criterios genéticos y fisiológicos que buscan maximizar el rendimiento y los beneficios económicos obtenidos con su descendencia. Considerados como meros instrumentos de producción, los carneros reproductores son puestos en venta o cedidos en régimen de alquiler, de forma que van pasando sucesivamente por las distintas explotaciones donde serán usados para forzar el embarazo de las ovejas.

Con el propósito de optimizar este proceso y lograr el mayor número de montas en el menor tiempo posible, se emplea el procedimiento denominado “sincronización de estros” que consiste en someter a las hembras a agresivos tratamientos hormonales para inducir artificialmente el celo en todas ellas de forma simultánea.

Alternativamente a esta técnica, también se emplea la “detección de celos” mediante el uso de otros carneros a los que denominan “buscadores de estro”. En este caso, se trata de animales que han sido vasectomizados o castrados y posteriormente hormonados con andrógenos, con objeto de detectar a las ovejas en celo, pero sin riesgo de generar embarazos, de modo que los operarios de la explotación puedan identificarlas y separarlas del resto para exponerlas al “macho reproductor” que han comprado o alquilado para tal fin.

De estas montas forzosas nacen los hijos de la opresión y se forman familias entre cuyos miembros se establecen fuertes vínculos afectivos. El carnero usado como semental, se siente intensamente unido a las hembras que han gestado a sus vástagos y a éstos mismos, generando una respuesta emocional de apego y sintiéndose responsable de la protección de todo el rebaño. Entonces, cuando ya ha tejido toda esta compleja red afectiva, es arrancado del que él considera su hogar y alejado de su familia para siempre (en el caso de haber sido alquilado) o hasta que el ganadero decida utilizarle de nuevo.

En otras ocasiones, los machos reproductores son también usados para la obtención de semen destinado a la inseminación artificial de las ovejas. En este caso, el carnero es obligado a eyacular en una vagina artificial. Para ello inducen la conducta de apareamiento del macho recurriendo a la presencia de una oveja en celo, que es inmovilizada por la cabeza mediante un cepo. Este mismo cepo es también empleado con todas las hembras que son posteriormente sometidas a inseminación artificial mediante la introducción de una cánula hasta su útero.

La miserable vida de los carneros usados como reproductores es otra de las muchas realidades ocultas tras la explotación animal. Víctimas sin nombre, sin voz, sin esperanza, víctimas de un sistema que instrumentaliza su cuerpo y desprecia sus sentimientos. Padres sin hijos, hijos sin padres.

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