Amar la vida y preservarla

Siete de la tarde de un sábado cualquiera. Día de descanso para la mayoría. Una llamada alerta de un caso de peligro extremo que hay que atender.

Se suceden las comunicaciones entre los voluntarios de El Hogar, los mensajes a móviles, los hilos en las redes para tejer la infraestructura necesaria en número de gente y en materiales para ir al rescate de un desvalido a 500 km. de Madrid. Los planes de fin de semana se aparcan sin dudar ni un minuto porque, una vez más, está en juego la vida de un animal al que hay que socorrer y eso es lo más importante.

Con la rapidez precisa se ponen en marcha. El temor de llegar tarde al rescate les hace ir apresurados, pero prudentes. Repasan el material, el protocolo a seguir que se tiene bien estudiado por la experiencia y las prioridades a las que hay que atender.

Guillem no sabe aún que están llegando a salvarlo del agujero en el que ha caído o en el que le han abandonado. Los días sin comer, el miedo y el frío han debilitado el tono de sus balidos pidiendo ayuda.

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Guillem es un cabritillo de tan sólo año y medio. En su corta vida nunca debió de comer bien a juzgar por su estado físico. Cuando un amigo que paseaba a su perro le oyó y quiso auxiliarlo, se conmovió de su delgadez, de su desamparo.

Los servicios de Guardia Civil, Policía Nacional y Seprona no se responsabilizaban de un rescate tan peligroso, dado lo angosto del agujero y las pocas posibilidades que parecía tener Guillem de superarlo con vida. No pondrían en peligro su propia vida para salvarlo.

Para los voluntarios de El Hogar, sin embargo ninguna vida está perdida ni se desprecia. Aún arriesgando la suya luchan hasta el final por salvar la de un animal en peligro y una vez que lo han conseguido procuran toda clase de cuidados y atenciones al rescatado hasta devolverle la salud primero y la vida a salvo de peligros, después.

El rescate resultó más fácil de lo que esperaban. Guillem colaboró porque su desesperación era tan grande que rápido se echó en los brazos que se le acercaron a sacarlo del lugar en el que a punto estuvo de perder la vida.

Hoy Guillem puede correr, comer, jugar y disfrutar a su antojo en El Hogar gracias al esfuerzo y el tiempo que le dedican tantos voluntarios a un trabajo silencioso, gratificante, lleno de amor que se da y se recibe. El trabajo de preservar la vida.

Cuidar, curar, mimar, atender y compartir la existencia con seres que tuvieron la mala suerte de toparse con quienes los maltrataron o los abandonaron es una gran labor, rescatarles de una muerte segura, ir a auxiliarlos estén donde estén, es un gesto de amor tan grande que solo cabe en los corazones generosos de los voluntarios de un santuario de animales.

Si quieres ayudarnos a tener más medios para seguir ayudando a aquel que lo necesita, puedes hacerte socio o apadrinar al pequeño Guillem, podrás venir a verlo y formar parte de su nueva vida.

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