Adios Bebo…

LA RABIA DE TU ADIOS

Aún no nos los creemos. Tu muerte nos cogió de sopetón, pequeño Bebo.

No estabas enfermito, no tenías dolores. Simplemente, sin saber por qué, tu pequeño corazoncito un día decidió dejar de latir.

Ese corazón que tanto quisimos y, contradictoriamente, tanta rabia nos dio, por llevarte de esa manera tan fugaz. Sin avisar, sin darnos muestras de que algo iba mal, sin dejarnos despedirnos de ti…

Una mañana tu cuerpecito apareció inerte en la hierba… ¡Oh no! –Dijo Tresa- Bebo nos ha dejado…

No podría creerlo cuando me lo comunicaron. ¿Bebo? No podía ser… Pero así es la vida, unos vienen y otros van. Y tú, decidiste irte.

A día de hoy todavía me acuerdo de ti. ¿Cómo olvidarte? Recuerdo esa bolita de pelo blanca, negra y canela que se escondía detrás del sillón. Recuerdo esos saltitos que dabas cuando alguien intentaba acercarse a ti, tú huías y te escondías bajo tu sillón favorito.

Pero también recuerdo el día que me dejaste acariciarte. Karen y yo estábamos muy contentas. “¡¡Bebo se deja ver en la hierba!!”. Ella aprovechó para hacerte hermosas fotos, mientras tú parecías posar como un auténtico modelo.

Luego me acerqué a ti. Pensé que echarías a correr, como siempre. Pero ese día no. Ese día te quedaste esperando mis caricias. ¡Y al fin lo hice! “¡Bebo me ha dejado tocarle!”. Grité contenta. Jamás imaginé que serías tan suave. ¡Qué feliz me hiciste ese día! Es uno de los recuerdos más bonitos que tengo del santuario. Cuando la bolita de pelo me concedió el honor de acariciar su suave melena.

Ahora lloramos tu ausencia. Pero sabemos que estás bien. Al fin te has reunido con tu querida conejita, tu amada Dolores. Por fin podéis corretear juntos, libres, por hermosas y grandes praderas verdes. Saltando alto, muy alto…

Tu amiga Marta

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